Tres tucumanas, tres llaves y una misma decisión: abrir la puerta de casa para viajar sin pagar alojamiento. Alejandra Korstanje, Mónica Valdez y Amelia del Sueldo Padilla superan, cada una, los 60 años; y en el intercambio de casas encontraron una forma de turismo que combina aventura, ahorro, comunidad y una dosis de confianza que, para muchos, suele ser el primer obstáculo. Las tres llegaron a esta modalidad por el mismo camino, el más clásico y efectivo: una amiga que ya lo hacía y que les dijo que se animaran.

El intercambio de casas, o home exchange, tiene una lógica clara que es alojarse en la vivienda de otra persona y ofrecer la propia, sin que medie dinero por noche. No hay alquiler tradicional, no hay room service, no hay mucamas. En algunos casos el acuerdo es recíproco y en otros funciona mediante un sistema de puntos que luego se usan para viajar a otros destinos dentro de la misma plataforma.

“Es seguro”, coinciden. Todas explican que el sistema se apoya en una aplicación que conecta anfitriones y huéspedes de distintas partes del mundo y que requiere un pago anual para ingresar. Ese primer paso funciona como filtro y abre la puerta a una comunidad donde la reputación vale más que cualquier contrato. Cada usuario carga fotos reales, describe su casa y su entorno, habilita un calendario y conversa por mensajes internos antes de cerrar un acuerdo. Al final de cada experiencia quedan las valoraciones, que funcionan como respaldo para futuros intercambios.

Bienvenidos a mi casa

Alejandra ofrece su casa en San Miguel de Tucumán y también una posada que tiene en Catamarca. Llegó al sistema mientras pensaba en transitar una nueva etapa de su vida. “Me jubilé, y aunque aún sigo activa en el trabajo, quería planificar con tiempo mi retiro completo”, cuenta. No busca escapadas cortas ni viajes apurados. Su deseo apunta a estadías largas, con tiempo para instalarse y vivir el lugar. “Mi deseo ahora es hacer viajes largos, de calidad, estar ‘quieta’ por tres meses en cada lugar, que es lo máximo que permiten las visas de turismo”, explica.

EN SAN MIGUEL DE TUCUMÁN. Alejandra Korstanje invita a su casa.

La idea choca rápido con un problema concreto que es la vivienda. “Los alquileres temporarios son carísimos si la temporada es larga”, dice. A eso se suma un temor que reconoce sin vueltas. “Tampoco quería ir, a mi edad, a un suburbio muy alejado de un país desconocido”, admite la mujer y es allí que la respuesta apareció casi sola. “El intercambio directo y sin monetización me pareció la mejor opción y así encontré Home Exchange”, resume.

En el caso de Mónica, médica jubilada y dueña de una casa en Tafí del Valle, la entrada al sistema también llegó por una amiga. “Ella me introdujo en esto; ya tenía muy buenas experiencias”, cuenta. El primer intercambio se concretó antes de un congreso médico en Cartagena de Indias, Colombia. Viajó con colegas y se alojó por puntos. “No fue un intercambio directo de casa por casa”, aclara, y agrega que esa primera experiencia terminó por convencerla definitivamente para ofrecer su casa.

Amelia, también es médica y tiene 67 años. Tiene a disposición una casa quinta en las afueras de la Capital de Tucumán y se enganchó con el sistema por motivos que van más allá del ahorro. “Me pareció muy interesante poder intercambiar casas o departamentos sin que haya dinero de por medio”, dice. En su decisión pesa también una mirada ambiental y convicciones firmes. “Esta forma de viajar es mucho más personal y con mucho más cuidado del ambiente”, explica, y compara con la hotelería tradicional: “En un hotel te cambian las toallas y las sábanas todos los días. El gasto de agua y de electricidad es mayor, y ese tema de recursos desperdiciados, para mí es importante”.

Cómo funciona

El intercambio de casas no es nuevo en el mundo, aunque en la Argentina su implementación resulta más reciente. Mucho antes de que las plataformas digitales se volvieran habituales, esta forma de viajar ya circulaba en otros países y aparece incluso en el cine. En 2006, la película “El descanso” -The Holiday, en inglés- muestra el mecanismo mientras se desarrolla una comedia romántica. Iris y Amanda, atraviesan desengaños amorosos y deciden intercambiar sus casas durante Navidad. Sin proponérselo, la historia deja claro que el intercambio no es solo alojamiento gratuito, sino confianza y apertura, como lo vivieron en carne propia las mujeres.

Las tucumanas explican que antes de viajar los anfitriones suelen enviar información práctica y recomendaciones locales. Durante la estadía el contacto se mantiene abierto y, al final, llegan los comentarios que quedan visibles para toda la comunidad.

CASA QUINTA. Amelia del Sueldo en su vivienda, cerca de la Capital.

Para Alejandra, ese punto es central. “El sistema de referencias es transparente, coherente y verificado”, afirma. Y agrega: “Ante cualquier duda te avisan enseguida. Lo que hace diferente a este sistema es que te conectas realmente con la gente”.

Explica que se conoce a los dueños, se conversa y luego se dispone del inmueble con privacidad. “No tenés que convivir con otra gente, pero sabés quién vive ahí. No es una casa por la que pagás y a nadie le importás más que por eso”, precisa.

Su primer intercambio en Budapest deja una imagen clara. “Mis anfitriones me fueron a buscar a medianoche a la estación de trenes, me dieron las llaves, me explicaron qué ver y hacer”, recuerda. Y menciona un gesto simple, pero relevante. “Me dejaron huevos, pan, café, una mermelada casera y un vino”, enumera.

El cuidado es mutuo. “Tengo una perra, pececitos y una gata, y estuvieron súper cuidados. La casa estaba muy cuidada”, cuenta. Para ella, eso ocurre porque quien llega sabe que su propia casa puede estar en la misma situación.

También marca una diferencia “Cuando hay plata de por medio, la gente exige cosas como en un hotel”, dice. Y se ríe. “Pueden reclamar que no estaban planchadas las sábanas. ¡Yo no plancho nunca!”, lanza. En el intercambio, asegura, eso no pasa: “La gente cuida con amor tu casa”.

Por su parte, Mónica, reconoce el miedo inicial. “Al principio pensás ‘¿qué hacen en mi casa?, ¿qué personas son?”, dice. Pero aclara que leer comentarios y referencias cambia la percepción. Amelia coincide y lo resume sin rodeos. “Jamás tuve un problema. ¡Toco madera!”.

Cuando recuerda su experiencia en Colombia, destaca: “Me sorprendió positivamente no tener que pagar el alojamiento”, dice. El detalle de bienvenida, en su caso, fue pequeño pero significativo. “Había unos caramelitos”.

Amelia también suma una anécdota hilarante: “En mi casa pasaron cosas muy graciosas”, anticipa. “En una oportunidad me habló un norteamericano por la app y me decía que quería la casa por cuatro semanas. ¡Eso es un montón de puntos! Me dijo que quería venir en septiembre a esquiar. Yo le respondí que, a menos que compre la nieve, no sé qué iba a hacer en septiembre en Tucumán, que llegan a hacer 40 grados. Le sugerí que se dirija mejor en el mapa”, relata entre risas”.

Además, recuerda un gesto reciente de una familia que se hospedó en su casa: “No tenían que hacerlo ,pero dejaron seis botellas de vino con una notita y después seguimos en contacto por teléfono. Me envían fotos. Se puede decir que forjamos una amistad”.

Como si fuera tu casa

“Hice intercambio recíproco por una casita en las Termas de Río Hondo”, cuenta Alejandra, y afirma que ya tiene otro destino frente al mar brasileño para viajar con amigas. También acordó con visitantes italianos para su casa de adobe en Catamarca.

“Todavía no cumplí mi deseo de intercambiar casa por tres meses”, dice. Mientras tanto, disfruta el camino. “Me gusta conocer lugares, cultura, gente local y caminar con buena información por sitios desconocidos”, resume.

“Visité Europa, Caribe, Colombia, Puerto Rico, Ushuaia, Bariloche, Mendoza y La Rioja. Todo lo hice por Home Exchange”, enumera Amelia. Y no duda: “Es otra cosa. A mí me gusta este tipo de turismo”.

Las tres coinciden en lo esencial. El miedo se achica cuando hay reglas claras, referencias visibles y alguien de confianza que ya probó antes. Esa amiga que abre la puerta y dice, con naturalidad, que vale la pena. ¡Probá! ¡Animate!